Welcome to the States

He dicho mil veces (sobre todo en época de entregas o exámenes) que ojalá el día, en lugar de tener 24h, tuviera 36 o más. Pues lo retiro. Mi día de hoy, debido a la rotación terrestre y a la invención del aeroplano, va a tener unas 33h y eso no está molando tanto.

Por fin llegó el día de cruzar el charco, todo transcurría de la manera más Zen imaginable (dentro de lo Zen que puede ser levantarse a las 6,15 y viajar con Iberia), hasta que el vuelo Madrid-Chicago se retrasaba por “causas técnicas”. Quizás habían pillado al airbus con la pegatina de la ITV caducada o a saber, pero lo mejor es que tras enterarnos que cambiaban de avión por un problema en un motor, en el segundo avión que trajeron, al comandante le dio un síncope y se lo llevaron en ambulancia.

Así que tras buscar a algún becario aspirante a piloto que hiciera el favor de llevarnos a tierras yankis, partimos con unas dos horas de retraso. 9h30min de vuelo se hacen más o menos igual de largas que un maratón de Harry Potter, pero por lo menos me dieron de comer y pillé una fila de 3 asientos donde echar la siesta. De hecho, al final tenía una especie de síndrome de Estocolmo similar al creado por una mesa camilla con brasero, ya que estaba tan agusto viendo capítulos de Homeland.

Llegué a Chicago y mucho “Welcome to the States”, pero ahí lo que había era una cola larguísima de inmigración donde te miraban de arriba a abajo, te preguntaban qué ibas a hacer allí, miraban tu pasaporte, te miraban de nuevo, y hala, a por tu equipaje para volver a facturarlo después. La historieta al final fueron casi dos horas de controles y luego otro vuelo de 4h hacia Los Ángeles. Llegué para recogerme con cucharilla después de 24h viajando. Hacía una noche de perros, lloviendo sin parar, así que en mi primera noche lo máximo que llegué a ver fue la cama donde me desmayé hasta el día siguiente 😉

SAMO