Still alive

Dos años y medio. 30 meses. Parece mentira que haga ya tanto tiempo –o tan poco, según se mire-. Yo elegía sofás de IKEA mientras él dormitaba en el salón, viendo alguna serie. La existencia era pacífica, nada me hacía prever la tormenta, que, como un temporal inesperado, me acabó alcanzando.

Quién imaginaría que 30 meses después estaría en otra ciudad, que ya no trabajaría en lo mismo, que estaría estudiando otra cosa, que aspiraría a irme lejos, muy lejos, fuera de Europa, o lo más que me dejen. No huyendo, sino buscando otras cosas. Por curiosidad, porque sólo viviré una vez y quiero saber hasta dónde puedo ser capaz de llegar.

Yo, desde luego, no me hubiera creído a mí misma si me lo hubiera contado. Y aquí estoy. En 30 meses pasan muchas cosas, de hecho 30 meses empiezan a ser una gran proporción de los 90 que duró aquella etapa. Un 33,3%, de hecho. El tiempo va diluyendo, inexorablemente, el pasado.

No divago hoy porque lo eche de menos, aunque lo que a veces extraño es la sensación de certeza y de seguridad de aquel tiempo. Qué ingenua. Normal por otra parte, ya que nadie me había hecho realmente daño antes. La vida nunca será igual.

La nueva versión de mí misma –seminueva, ya tiene 30 meses!- es diferente. Le da mucha menos importancia a las cosas, o, al menos, le intenta dar la importancia relativa que tienen. Sabe que no es posible tener siempre el control. Sabe que en última instancia sólo cuenta consigo misma, y que eso no es malo. Evidentemente la (semi)nueva versión de mí misma no es implacable, y, a veces, se derrumba. Pero es capaz de levantarse y seguir. Como dice mi madre, “Lávate la cara, suénate los mocos, y adelante”, que no sonará muy poético, pero es lo que me ha hecho seguir el rumbo muchas, muchas veces.

No sé dónde está el rumbo a más de un mes vista, pero me gustaría conseguir mi objetivo actual. Luego, ya veremos…